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El magnetismo de la primera persona

  • Periodista:
  • Publicada en: La Prensa,

Emmanuel Carrre es hoy uno de los escritores más reconocidos de Francia. Empezó escribiendo libros de ficción, entre ellos El bigote (1986) y Una semana en la nieve (1995, Premio Femina), hasta que hace quince años decidió incursionar en un nuevo ciclo de novelas de no-ficción que consolidó su fama internacional.

Desde entonces, la escritura de Carrre (París, 1957) se caracteriza por una primera persona -la del propio autor- que se involucra en la historia que está contando, y por una mezcla de ficción, memoria y ensayo.

Es lo que sucede en El Reino (Premio Le Monde), su último trabajo, que fue el año pasado la sensación de la temporada literaria francesa y que acaba de llegar a nuestro país de la mano de Anagrama. Una obra donde el autor está muy presente, cuenta intimidades, reflexiona, se muestra mientras está escribiendo.

"Cuando me cuentan una historia me gusta saber quién me la cuenta. Por eso me gustan los relatos en primera persona, por eso yo también la empleo en mis obras y hasta sería incapaz de escribir un texto de otra manera", dice en El Reino.

"En cuanto alguien me dice "yo" me apetece seguirlo y descubrir quién se oculta detrás de ese yo", añade.

Esa exposición de sí mismo ha producido un vínculo especial con el lector. "Me pone muy feliz que mis libros generen una suerte de complicidad y sociedad con el lector que, tras leer mis libros, es como si me conociera porque tiene mucha información sobre mí", reconoció durante su reciente visita a nuestro país, en un diálogo público que sostuvo con la periodista Silvia Hopenhayn, a sala llena, en un auditorio de la Fundación Osde, donde repasó su obra en un encuentro titulado La novela de lo real.

EXIGENTE

El vínculo que estableció le brinda "la posibilidad de ser exigente con el lector e incluso hasta de jugar con él. Que se sienta cómodo aunque los libros sean exigentes y le demanden estar atento. Es como si jugáramos al ajedrez desde hace tiempo y uno termina conociendo la clase de jugadas del otro", añadió.

El género que transita el escritor, que es además periodista y guionista de cine y de televisión, se emparenta con la crónica. Por ese motivo se lo ha comparado con Truman Capote y su célebre A sangre fría, sobre todo a partir del libro de Carrre El adversario (1999), donde cuenta la historia de Jean Claude Romand, un asesino al que entrevista en la cárcel.

"Todo escritor que escribe sobre una historia criminal escribe a la sombra de este libro, que es un clásico del siglo XX", comenta Carrre, quien en el diálogo revela los entretelones del largo proceso de investigación que le insumió El adversario, un caso policial que tuvo mucha repercusión en el "93.

"Había estudiado mucho el legajo -dice- y no encontraba el tono. Traté de escribirlo como no-ficción, muy influido por A sangre fría. Pero ese libro está escrito en una tercera persona muy impersonal, muy flaubertiana. Traté de diferentes maneras. En un momento me pareció que la clave, casi como la clave musical, que da acceso al tono justo, era escribirlo en primera persona, es decir, yo mismo. Decir lo que yo pensaba o veía ante Romand".

"En un solo movimiento dejé la ficción a favor de esta novela de lo real y el uso de la primera persona. Como si las dos cosas estuvieran estrechamente ligadas", expresa. Y aunque se resiste a usar el término novela para sus libros, reconoce que usa "todos los recursos de la novela".

"Decir que la realidad va más allá de la ficción es remanido pero es verdad. Si vemos el adversario pensaríamos que es inverosímil. Si uno observa su propia vida suceden muchas cosas que parecen inverosímiles", asegura.

Sobre el siguiente libro que escribió, Una novela rusa (2007), afirma que "es el único autobiográfico. Cuenta que empezó a escribirlo en el 2000, en "un momento muy caótico" de su vida, y que resultó ser una obra muy reparadora. "Diría que me salvó. Fue una suerte de psicoanálisis", indica.

El libro tomó cuerpo a partir de un viaje a Rusia que efectuó para hacer un reportaje sobre un húngaro que por un malentendido estaba olvidado en un hospital psiquiátrico hace 56 años. A partir de esa historia buscó sus propios ancestros rusos y descubrió que su abuelo materno había sido ejecutado por colaborar con los alemanes.

UN CAMBIO

Carrre afirma que la percepción que tenía el público de él cambió con De vidas ajenas (2009), una historia real que empieza en un hotel de Sri Lanka, a donde acude con su mujer para ver si se puede reconciliar en 2004, y son sorprendidos por el tsunami, que acaba con la vida de la hija de una pareja vecina. Es una obra que aborda el dolor en todos sus matices.ç

Explica que "el relato le surgió después de aquel episodio". Fue un día, mientras escribía sobre su cuñada, una jueza de 33 años que murió de cáncer, cuando un colega suyo, al que no conocía, fue a hablar sobre ella.

"Este hombre habló de su amistad, de la forma en que ambos ejercían la profesión, de la forma en que concebían la justicia, de su enfermedad. Habló durante dos horas. Me subyugó. Pasaba de asuntos técnicos a otros humanos con soltura. Quise escribir con esa emoción".

"Cuando lo hice, me di cuenta de que estaba contando lo que había pasado en el tsunami, la discapacidad, todo", revela, para luego asegurar que "es, de todos, el que prefiero. Es el mejor, el más humano, el más emocionante".

A partir de ese libro, pasó de ser visto como "un pequeño travieso a ser como la Madre Teresa, que hace que la gente se sienta mejor", dice, entre risas, por eso después dio un nuevo giro para escribir sobre un fascista como Limonov (2011, premio Renaudot), un personaje ambiguo y complejo.

"Había conocido a Limonov, un escritor de moda en París en los "80. Era un poco bribón, provocador. Me caía muy bien. Cuando cae el comunismo adopta una conducta muy rara: combate con los serbios, vuelve para fundar el partido bolchevique, una suerte de milicia de skinheads que pedían que les devolvieran a Stalin y al gulag. Hice un reportaje sobre él y volví muy intrigado", destaca.

"Me di cuenta que era la oportunidad de escribir un libro de aventuras como Dumas y al mismo tiempo un libro de historia", continúa. Y dice que pese a la ambigüedad del personaje, "la historia tiene tempo", dice Carrre, marcando el ritmo con el dedo. "Una energía especial", agrega.

De su último trabajo, El Reino, admite que "versa sobre una obsesión" que nació desde de su propia conversión, un episodio que tacha de "extravagante", y "que no habría contado si no hubiese contado la historia de la infancia del cristianismo y la redacción del Evangelio".

"El que escribe es un agnóstico que cree que estos textos eran apasionantes pero antes también creía en ellos de modo dogmático, con una fe casi fundamentalista", dice.

"En algún momento me pareció dentro de la lógica del libro un diálogo entre un creyente y un no creyente. Si bien yo no era un buen cristiano, sentí que tenía una pequeña experiencia que atestiguar", prosigue.

"Quise transcribir el sabor del cristianismo, que lo leyeran creyentes y no creyentes", comenta, y hoy observa que "a muchos les ayudó a reflexionar sobre la fe".