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“En literatura, tragedia y humor no están reñidos”

Periodista:
Silvina Friera
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La risa es un material de alto poder explosivo. El espíritu se libera de la gravedad cuando se ríe de viejos conceptos, de las máscaras y los simulacros. La comicidad pulveriza certezas cristalizadas, desplaza sentidos que se transforman. “El silencio mata”, pensó Carlos Gamerro en el preludio de los años ’90. Una parte de esa generación de “testigos”, nacida en la década del sesenta, adolescentes durante la última dictadura militar, se preguntaba cómo hacer ficción con la política y la historia reciente sin repetir las fórmulas instituidas y las lecturas estandarizadas sobre la década del ’70. El intelecto –esa máquina “sombría, rechinante, que cuesta poner en funcionamiento”, como postuló Nietzsche– tropezaba con un obstáculo paralizante: “tomar en serio el asunto”. El prejuicio decretaba que por entonces había temas vedados para tratar con humor. ¿Cómo “reírse” de los combatientes de Malvinas, de los peronistas, de los militantes guerrilleros? La respuesta del escritor –desmitificar a través de la parodia con los instrumentos del paradigma cervantino y guiños shakespeareanos, rechazando de plano el registro heroico, pero sin condenar ni juzgar– se tradujo en un triple movimiento que empezó con la ambiciosa y trilogía integrada por Las islas (1998), La aventura de los bustos de Eva, reeditada recientemente por Edhasa, y Un yuppie en la columna del Che Guevara (2011).

Cuanto más uno se ríe del héroe tragicómico Ernesto Marroné, ese “ejecutivo andante”, empleado obediente que cumple al pie de la letra las consignas empresariales, hijo del rigor del capitalismo devenido revolucionario montonero –por obra y gracia de una serie de episodios absurdos–, más empatiza con Gamerro, el padre de esta criatura que está convencida de que puede aplicar los sermones de los libros de autoayuda a la hora de dinamizar la revolución. Su libro de cabecera es Cómo ganar amigos e influir sobre las personas, de Dale Carnegie: “Sea un buen oyente. Anime a los demás a que hablen de sí mismos”, repite este muchacho de origen humilde, adoptado y criado por una familia acomodada. Marroné, personaje risible ya desde su acotada intervención en Las islas –memorable la escena en que llora y grita que quiere leer a Proust–, es el protagonista de La aventura de los bustos de Eva. “El día en que Ernesto Marroné descubrió, al volver a su casa del Country Los Ceibales tras una hermosa tarde dedicada al golf, el poster del Che Guevara colgado en la pared del cuarto de su hijo adolescente, supo que el momento de hablar de su pasado guerrillero había llegado.” Así se inicia la novela, en 1991, desde ese presente como gerente de finanzas del conglomerado de empresas de construcción y negocios inmobiliarios “más pujante del país”, Marroné vuelve sobre la película de su “pasado rebelde”, dieciséis años atrás, en 1975, cuando Montoneros secuestra al presidente de la compañía, el señor Tamerlán. Los secuestradores exigen para liberarlo la colocación de bustos de Evita en cada una de las oficinas del edificio: noventa y dos bustos en total.

La desopilante odisea arranca en el momento en que Marroné tiene que conseguir los bustos. En plena faena en la yesería Sansimón, en busca del “cotillón peronista”, lo sorprende la toma de la fábrica. “Pasarte al campo del pueblo es como un exorcismo, es sacarte el genio maligno del cuerpo –dice uno de los personajes–. Mi vida, ahora, es intachablemente proletaria... pero de noche sigo teniendo sueños burgueses. Mirá, para que te des una idea... el otro día fuimos a la cancha, con los compañeros acá de la fábrica, y después, para festejar... imaginate dónde. A mí, por vacilar, me tocó la última, una chica del norte que debía tener menos de treinta pero parecía de cincuenta, y con una papada así. Viste que en la puna el bocio es endémico, con un poco de yodo en la dieta se acabaría el problema, pero claro, son indios collas, a quién puede importarle.”

Gamerro señala, en la entrevista con Página/12, que el rechazo hacia un tratamiento cómico-satírico sobre la década del ’70 era una cuestión moral. “El humor se entendía como una falta de respeto –advierte–. Al trabajar esos años en dos novelas –La aventura y Un yuppie–, terminó dándose una estrategia en dos tiempos. Si lo trágico no está ausente de La aventura –como es inconclusa y la tragedia se define por su final–, no se puede hablar de tragedia sino de algunos momentos dramáticos. El momento trágico está demorado: sucede en Un yuppie, donde poco a poco lo satírico, que aparece al principio como una continuación de La aventura, se va volviendo más denso sin que desaparezca el humor. Tragedia y humor no están reñidos. Las tragedias de Shakespeare están llenas de momentos graciosísimos.”

–¿El menemismo es proclive a la sátira?

–Sí, inevitablemente. El menemismo puede ser muchas cosas pero no es trágico en su tono, en su modalidad, aunque tuvo resultados trágicos en términos económicos. El menemismo es una farsa. Al tratar de asumir de una manera reivindicadora, positiva, gozosa, lo que fueron los planteos, los sueños y los objetivos del peronismo revolucionario, el kirchnerismo, en cambio, inevitablemente hace resaltar la resolución trágica que tuvo, más que el fracaso. Por eso prefiero hablar de tragedia, en el sentido de que fueron ideas derrotadas. Si son acertadas o no, si hubiera sido posible esa Argentina, esa sociedad que planeaban, es una discusión más compleja.

–¿Qué consecuencias tuvo para su generación esa especie de hiato, “de eso no se habla”, que estableció el menemismo? ¿Y qué cambios produjo el kirchnerismo al volver a conectar discursivamente el presente con el pasado?

–La tapa del féretro la puso Alfonsín con las leyes de Punto Final y sobre todo de Obediencia Debida, que es política y moralmente el legado más triste del primer gobierno democrático y peor en sus implicancias que el indulto. Porque el indulto reconoce que hay un crimen y perdona la pena. Pero la Ley de Obediencia Debida dice que un crimen no fue un crimen. Después del desencanto general y generacional que produjo el final del gobierno de Alfonsín, el menemismo crea una especie de limbo. Son dos momentos solidarios para peor, pero esto se empieza a revertir a partir del kirchnerismo con el reinicio de los juicios. El resultado es fundamentalmente positivo y da un cierto alivio a la literatura y a los otros discursos solidarios, que ya no sienten la carga de mantener la memoria, de revisar estas cuestiones. El impulso para escribir tanto La aventura como Un yuppie tuvo que ver con la sensación de que no podía quedarme callado, de que el silencio mata.

–Esa sensación de que el silencio mata, ¿la sentía también respecto de la literatura en el tratamiento de lo político durante los ’90?

–La memoria es muy tramposa y uno tiende a generalizar y siempre aparece alguien que te señala tal novela, tal otra. Más que faltar ejemplos concretos de literatura y política, había un discurso que proponía dejar de lado la “gran política”. Se podían trabajar las micropolíticas o las nuevas políticas, como la vida privada y el género, que en el discurso de los ’70 estaba excluido no porque no estuviera, sino porque primero había que resolver las grandes cuestiones de la sociedad y de la revolución y lo otro vendría después. Había en parte un desconcierto sobre cómo volver a hablar de la política, en un sentido más abarcador, sin repetir el discurso de los ’70. Yo quería hacer una especie de gran relato de ficción por oposición al fin de los grandes relatos, lo parcial, lo micro, el minimalismo, que me rompe terriblemente las pelotas (risas). Yo soy absolutamente maximalista, por lo menos en el sentido estético.

–Un momento inolvidable es cuando una militante camufla un libro de Proust –un autor “re oligarca”– con otro texto autorizado por la militancia: Los condenados de la tierra. Esa escena cuestiona cómo se leía la literatura en los ’70 y plantea el interrogante de cómo leer la política.

–En los ’70 estaba esa idea disparatada de enseñar a leer la literatura desde la militancia. Es muy fácil leer de esa manera, ¿no? Si para leer políticamente hay que sacar a Proust y a todos los autores burgueses para encontrar una literatura revolucionaria purificada, mi propuesta de lectura está convertida en una aventura. Marroné es un empresario que en un momento se convierte en revolucionario, pero sobre todo es un lector. El texto que me sirve de modelo es el Quijote. Marroné empieza con esta idea de llevar primero los libros sobre marketing y triunfo personal a la práctica, después los textos revolucionarios. Lee un poco como don Quijote: esto pasa en los libros, lo traslado a la realidad sin mediación. En ese largo periplo de cómo se forma un lector, también lee La razón de mi vida. Y la lee como si fuera un libro de triunfo personal, como la biografía de Donald Trump. Que en un punto lo es. Lo divertido es que una lectura, salvo que sea psicótica, actualiza lo que está presente o en forma potencial en un texto; por algo los textos poderosos se van leyendo a lo largo de los siglos y van generando nuevas posibilidades, se van dando nuevos textos, como bien señaló Borges en su Pierre Menard. ¿Cómo leer la política? Desde Shakespeare, desde Proust, desde Cervantes, desde Borges. Si en los ‘70 la propuesta era leer la literatura desde la política, yo intento leer la política desde la literatura, leer literariamente la política. Para eso recurro a los grandes clásicos. El autor político más poderoso, inteligente y motivador es Shakespeare. Las obras históricas de Shakespeare, la serie de los Ricardo, los Enrique, son un tratado sobre política, sobre cómo se pasa de las políticas del medioevo al Renacimiento a través de Maquiavelo. Shakespeare está discutiendo a Maquiavelo a lo largo de su obra.

–En uno de los capítulos de La aventura de los bustos de Eva, resulta muy significativa la necesidad de Marroné de construirse una infancia peronista. ¿Por qué personas ajenas a la tradición del peronismo anhelan haber tenido una infancia peronista?

–Creo que eso varía con las épocas. Hay épocas como los ’70 o ahora, en donde crearse un linaje peronista es más deseable que en otras, como después del ’55 o en los ’90. Las novelas hablan también de hasta qué punto los discursos de época te penetran, te contaminan. De cuánto hay de moda –y sé que uso una palabra peligrosa– en las filiaciones ideológicas más comprometidas: cómo de repente en una época todos los jóvenes tienen que ser militantes o guerrilleros y en otras ninguno lo tiene que ser. Marroné, viniendo de otro mundo, es tomado por el poder del peronismo. No hay que olvidar que es adoptado y es un morochito, criado en un ambiente de clase media alta, rodeado de blancos. El tema del racismo argentino todavía está muy negado. Es una práctica, más que un discurso; se nota en hechos, en actitudes, en sentimientos. Y no se dice. El peronismo tiene un discurso de clase y de raza porque los obreros que reivindica el peronismo son los morochos. Los obreros de origen europeo ya estaban representados por el socialismo, el anarquismo y las corrientes de izquierda importadas. El peronismo no es el gran discurso político nacional, es el único. Argentina no produjo otra idea política que no sea el peronismo. Para bien o para mal, en el peronismo hay algo de “al fin me encuentro con mi destino sudamericano”.

–Muy borgeano.

–Borges es otro de los autores. Ahí hay una cuestión casi de venganza. Como Borges fue tan mal leído desde la política en los ’70, ahora hay que leer la política de los ’70 desde Borges. Lejos de ser algo que hay que limpiar de la acusación de barbarie, en la seducción del peronismo es muy fuerte la atracción que ejerce la barbarie. Borges lo pudo ver en la barbarie decimonónica pero no en el peronismo. El peronismo es algo identitario para los argentinos. Yo no puedo ser peronista pleno por una cuestión de educación y sensibilidad, pero tampoco puedo ser gorila. En este sentido, me reconozco más en el peronismo. Cuando salió La aventura en 2004, el peronismo se había convertido en la única opción política como nunca antes. El conflicto desde entonces hasta hoy se da dentro del peronismo. Ahora somos todos peronistas. A lo sumo los gorilas son peronistas que se autoodian (risas).