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La gran bestia pop

Periodista:
Mauro Libertella,
Publicada en:
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Es imposible entrar al mundo de Kiko Amat y no salir con la cabeza en llamas. Melómano excesivo, anglófilo enfermo, todo lo que escribe está saturado de referencias y alusiones a esas cosas que lo fascinan y que no sólo motorizan su escritura, sino que la cimentan: es como si el vasto mundo del universo del pop occidental fuera la condición de posibilidad de su literatura y como si, al mismo tiempo, el tipo estuviera preso en ese remolino absorbente. Su nuevo libro, Eres el mejor, Cienfuegos, es la historia de un hombre que se separa de su mujer y se derrumba en caída libre; una de esas tramas directas que interpelan a todos, digamos.

 

 

El transfondo de sus libros, pero sobre todo de sus textos periodísticos, crónicas y ensayos, expone su formación de autodidacta, que es el mito de origen de Amat. “Muchos sabios me indicaron el camino a seguir en cuanto a discos olvidados y maravillosos, y en otros casos completé las líneas de puntos y realicé las conexiones por mí mismo. Una cosa lleva a otra, especialmente si anhelas construir un universo coherente. Nunca he querido saber un poquito de todo: yo quise siempre saberlo todo de algunas cosas muy concretas. Eso indudablemente dejará lagunas en tu cultura. Nunca quise ser un diletante”, dice desde su casa de Barcelona, pero con el corazón puesto en Londres, la ciudad donde vivió durante cinco años y que va a aparecer siempre en sus textos: “Me enseñé inglés para poder leer lo que quería en idioma original, y desde allí fui atando cabos: todo está conectado. En 5º de EGB ya era anglófilo, por Conan Doyle y Guillermo y Wyndham y Los Cinco. A los 14 ya iba de El viento en los sauces al The Piper at the Gates of Dawn, pasar del uno al otro era para mí una conexión lógica. Pre-internet tenías que completar los vacíos tú mismo, y lo que no llegaba lo imaginabas, idealizándolo. Además, mi educación adolescente fue mod, que era una excelente universidad de la vida en los ochenta. El resto (lo espiritual) me lo hice gamberreando, tomando anfetaminas, bailando y metiéndome en líos y llevando ropa absurda y realizando empleos inmundos y saliendo al gran mundo y conociendo a gente. Mi vida no fue bibliotecaria”.


-¿Cuál es tu relación con la ciudad de Barcelona?
-Yo soy de pueblo. De extrarradio, cinturón industrial, en un pueblo de 80 mil habitantes, Sant Boi de Llobregat. Crecí, por tanto, con lo peor de ambos mundos. Sin lo bucólico y bonito y autosuficiente de los pueblos alejados de las grandes urbes y sin lo urbano y grande e inabarcable de una verdadera gran ciudad. Mi relación con Barcelona siempre estuvo marcada por la épica y la idealización. Me imaginaba la ciudad por lo que cantaban de ella grupos pop como Brighton 64 o El Último de la Fila. Vengo de un mundo muy pequeño. Como cantaban Everything But The Girl, “para mí Londres era Oxford Street”. 

 

 

-¿A qué se le llama “novela pop”, categoría en la que muchos te han inscripto?
-A mucha mierda, si te tengo que ser franco. Pero no me lo tomo como un insulto cuando me lo escupen en entrevistas. They mean well. Por una parte está bien que te separen de los escritores burgueses de la Cultura Seria, pero por otra parte te pone en el saco de los escritores modernetes que se pasan el día citando y cuyas páginas están llenas de “cortinaje” (cursivas). Supongo que me lo merezco, porque vengo del mundo de los discos y la cultura pop inglesa y el punk y los skins y todo eso, pero yo nunca he querido hacer novelas particularmente “pop”. Simplemente, algunas referencias se me escapan, porque forman parte de mi educación adolescente, y porque siempre será para mí más importante The Jam que James Joyce. Debe ir por ahí la cosa. Pero lo único que quiero de veras es contar historias como John Fante. Sin guiños ni particular universo referencial.

 


-En “Eres el mejor, Cienfuegos”, hay un rumor de fondo político, que es la crisis española. ¿Cómo te parece que funciona eso en la novela?-Funciona como paisaje, y como cierta metáfora de la caída personal del protagonista, pero también quise hablar de ella en cierto modo, sin pontificar y con un cierto humorismo. Aunque estoy profundamente politizado como persona, y me considero fieramente de extrema izquierda, no soy un escritor eminentemente político. Mi meta es contar una historia honesta, divertida, melancólica, con una parte vivencial y un montón de aventuras y puñetazos y borracheras y desastres y ridículos. No tengo una “agenda”, y mi intención original nunca es la denuncia o la educación política de la gente; mis novelas jamás han tenido ni tendrán ese origen.

 

 

-El protagonista está obsesionado con el éxito y el fracaso, las ventas, la repercusión. ¿Qué tensiones del “ambiente” literario has metido en la novela?
-De nuevo se trataba de ser fiel al mandamiento de “habla de lo que conoces”, no era un intento de retratar algún tipo de corrupción inherente del mundo literario o periodístico. Todas esas corruptelas se parecen mucho entre ellas, sea la disciplina que sea; el ambiente literario no es una excepción. Hablo de ello porque es lo que en estos momentos tengo cerca y he vivido, y por tanto me sentía capaz de captar el ambiente con honestidad y cierta fidelidad, pero no me planteé plasmar una visión fidedigna del “mundillo”. “Mundillo”, de hecho, es una palabra que le viene como anillo al dedo: es un mundo muy pequeño. Y, si me permites concretar, no muy interesante. Los autores de novelas tienden a ser gente poco fascinante y no muy divertida. No sería el tipo de gente que invitaría a mi boda, si he de serte sincero.

 

-En tu “Decálogo de la literatura punk” mencionas el humor, la frase directa y comprensible y el entretenimiento como categorías indispensables en lo que te interesa. ¿Cómo te das cuenta cuando una historia tuya toca esas fibras? 
-Algunos autores se vuelven más complejos e impenetrables según avanza su “carrera” (odio llamarla así). Imagino que tienen cosas que demostrar. Incluso los autores que utilizaban la comicidad al principio tienden a abandonarla según envejecen, como si fuese una mancha indigna, un pecado de juventud (Martin Amis es un caso particularmente deplorable de esto). Yo veo mi futuro como el de Jim Dodge o el de Richard Brautigan: cada vez más simple, corto, menos palabras, menos comparaciones, menos metáforas. Mi héroe literario es, por supuesto, John Fante: novelas de doscientas páginas, emoción total, prosa esquelética, casi forense. Cuando leo a Fante me avergüenzo de mí mismo. A su lado, todo es rock progresivo. Anhelo ser aún más sencillo, cada vez más. Despojarme de cosas.

 

© Mauro Libertella, Ñ