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Retrato de una juventud a la espera de la revolución

Periodista:
Mora Cordeu
Publicada en:
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"Es un libro que no sabía si lo iba a poder escribir por la ausencia de elementos fuera de la memoria de los sobrevivientes.

Una frase en "La casa de los conejos" (su primera novela) evoca un viaje a Cuba que hicieron mis padres en 1966. Cuando la escribí dije `acá hay la semillita de algo`", cuenta Alcoba.

Sus padres no recuerdan con que nombre viajaron: "saben el que usaron al salir de la Argentina pero no el que usaron cuando volvieron, ni cómo me anotaron en Cuba (ella nació en la isla)".

"Yo sabía la historia de mi nacimiento, después me registraron acá; la novela -creo- se acerca a la verdad con muchas dudas y puntos de interrogación", subraya Alcoba.

"Uno de los disparadores -menciona-, lo vinculo con algo personal: Me decían `dónde naciste` y contestaba `viví en la Argentina hasta los diez años`, sabía la respuesta pero me enseñaron que no se podía decir, era el secreto más grande".

De todo ese grupo (nueve adultos y ella) que volvieron de Cuba en el Anna C., apunta, "fui la única que conservé una parte de clandestinidad y de falsa identidad. Mis papás decían que había nacido en La Plata y no fue así, pero el objeto del libro no es este. La novela nació de las cosas increíbles que me contaron".

La escritora vive en París, adonde llegó junto a su madre a los diez años para comenzar un exilio que luego se convirtió en su residencia definitiva. Es licenciada en letras en l`Ecole Normale Supérieure, especialista en el Siglo de Oro español y traductora.

Escribió las novelas "La casa de los conejos" y "Jardín blanco", publicadas originalmente en Gallimard y aquí por Edhasa al igual que "Los pasajeros del Anna C.", traducidas por Leopoldo Brizuela.

"Todo fue como una vida en borrador -define- y seguir ese hilo me fascinó: hay un juego sobre la identidad, el silencio, el ocultamiento, las máscaras... algo muy pegado a esa generación.

Porque hoy estamos en una exposición constante y entonces la condición, para desarrollar una experiencia así, era el secreto".

La reconstrucción de lo sucedido ese año y medio en Cuba "fue difícil, porque no hay documentos que lo registren, solo tenía la memoria de mi madre, mi padre y otras pocas personas". Y se suman los testimonios de Regis Debray y del historiador Gustavo Rodríguez Ostria, estudioso del paso trágico del Che en Bolivia.

La escritora no deja afuera del relato los conflictos que tuvieron entre ellos los argentinos en la isla y la decepción de los cubanos que pensaban encontrarse con militantes calificados en vez de "inexpertos entusiastas".

"Mi padre tenía una nebulosa sobre el pasado, fue como asir pedazos de una memoria que estaba ahí pero que él mismo no los había podido juntar -desliza-. Mi madre lo vivió de una manera diferente: estuvo en Cuba como la compañera de... ella vivió otra cosa, mientras papá se entrenaba en la selva".

Debray estuvo con el Che en Bolivia y lo detuvieron en 1967.

"El estaba donde se suponía que mi padre y su grupo tenía que ir.

Un encuentro que jamás sucedió. Yo le escribí porque me interesaba tener su punto de vista y su relato sobre la escuela de Pinar del Río (campo de entrenamiento en Cuba), de la que se sabe muy poco".

Más allá de referir a ese momento tan particular, la experiencia guevarista y la aventura revolucionaria con las especificidades de los grupos argentinos y los europeos, todo lo vivido me parecía de un romanticismo absoluto, un viaje iniciático y de aprendizaje".

"Tuve muchas contradicciones en los relatos, todo fue recreado desde diversas perspectivas, sensaciones y recuerdos -explica la autora-. En la novela dejo expuesto los huecos, las dudas".

Hay una trascendencia que se percibe, recalca Alcoba, "y traté de dibujar la silueta de lo que considero la última generación lírica o épica. Esa idea de que quieren alcanzar un después ideal".

"Era como tomar el tren en marcha y la certeza absoluta que la revolución estaba ahí -esboza-. Todos iban corriendo constantemente detrás, y la figura del Che -ya un mito ante de su muerte- aparecía como una encarnación de ese ideal absoluto".

Alcoba detalla su encuentro con Debray -"una figura compleja con muchas paradojas"-, decisivo para la novela. "`No podés escribir sobre esto`, fue su reacción. Dijo que mi generación no podía entender lo que significaba `esa esperanza, esa espera..`".

"Esa manera que tuvo de desalentarme -relata- fue lo que me incitó a escribir. Después de haber leído la edición francesa me envió un mail, ahí me remarca que él no es más esa persona aunque nunca se imaginó que iba a encontrarse con esa época en mi novela.

Se emocionó mucho y va a participar de una de las presentaciones".

Por más que la novela está escrita en clave de ficción, la realidad irrumpe con hechos muy puntuales de la realidad que dan cuenta de una ficción enhebrada con testimonios quizá desdibujados pero imposibles de diluir en el tiempo.

"Tomé conciencia que las personas que pueden contar el viaje son pocas. Los sobrevivientes también. Tenía la impresión de estar rodeada de fantasmas", sentencia Alcoba. Y al final del libro agrega la lista de personas que regresan desde Génova a Buenos Aires en el barco y que luego fueron asesinadas, muertas en combate o desaparecidas.

Emilio Jáuregui (asesinado en 1969), Emilio Maza (muerto en La Calera, 1970), Fernando Abal Medina (baleado en la provincia de Buenos Aires, 1970), Marcelo Verd y Sara Palacio (secuestrados en 1971 en San Juan), Manuel Negrin (muerto en un enfrentamiento en Tucumán, 1975), Luis Stamponi (desaparecido en el campo Orletti, 1976) y Eduardo Streger (desaparecido en 1977).

"Me di cuenta que tenía que ponerlos en el libro, pero se trata de una novela -insiste-, seleccioné los testimonios, interpreté sus olvidos y desde lo literario, armé la historia".

"Esta historia -remata- resume el itinerario de la juventud de la izquierda revolucionaria y tiene algo de una epopeya imposible, una dimensión colectiva y una línea épica que se dibuja y deja ver su imposibilidad. Esa paradoja de llegar a la revolución que está en marcha y volver desde Génova a Buenos Aires en barco, como si volvieran en el tiempo a recorrer el camino de sus ancestros".