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“Lejos de los estereotipos, el arte reconfiguró el mapa de Latinoamérica”

Periodista:
Claudio Martyniuk
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¿Qué es América Latina? Esa pregunta, como la que persigue una esencia de lo argentino, acaso delate una flaqueza identitaria, o por lo menos muestre cierta inquietud ante el desconocimiento de lo más propio. Justamente, a través del arte se abre una vía de comprensión, pero las respuestas que podemos hallar en las obras literarias y plásticas son desmedidas, reniegan de los patrones de cálculo establecidos. Se construyen y rearman atlas que descolocan los espacios habituales, que disienten de pensar lo latino como exótico y obra del realismo mágico y ponen en nuestros hombros un mundo que parece otro. De esa errancia de las constelaciones artísticas de América latina nos habla Graciela Speranza, ensayando respuestas ante las preguntas sobre el lugar y los rasgos de lo latinoamericano a partir de las obras de sus artistas, esas obras que provocan inestabilidad en lo que sentimos y pensamos.

 

 

¿Hay un aire de familia en el arte latinoamericano?

 

Al arte y la literatura de América latina le correspondieron durante mucho tiempo el lugar de la maravilla naturalizada, la política crispada, la violencia atroz, variedades más o menos solapadas de la mirada colonial. Pero la América que aparece en el arte y la literatura de hoy es más facetada. No se puede reducir a unos rasgos, y mucho menos a un colectivo que aplane las diferencias y normalice las singularidades. Lejos de los estereotipos, el arte reconfiguró el mapa de Latinoamérica.

 

¿El arte brinda esas respuestas que faltan en otros campos?


Basta mirar alrededor. Las crisis aparentemente insolubles del mundo globalizado llevan a pensar que lo que reina en el discurso de la política y de la economía es un realismo plano, incapaz de imaginar el futuro. El arte desafía constantemente esa idea empobrecida del realismo y puede volver realistas fantasías irrealizables. Es cierto que ya no creemos ingenuamente en el poder emancipador del arte, ni en aquella utopía de una vanguardia estética aliada con la vanguardia política, ideas que se llevó el siglo XX. Pero sigue viva la potencia de la imaginación artística, que puede crear metáforas del presente y anticipaciones del futuro, que invita al disenso frente a los consensos generalizados, y es capaz de imaginar configuraciones que otros lenguajes todavía no pueden formular. “Pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad”, decía Gramsci. Yo agregaría: “Imaginación del arte”.

 

Esa potencia de la imaginación, ¿crea raíces? ¿Se hace portátil y traspasa fronteras?


Hay un arte portátil que no se fija a un territorio sino que crea raíces y se nutre de los lugares que recorre en la marcha, se alimenta de arraigos momentáneos, sin hibridar culturas sino manteniendo la tensión de las polaridades. Esa movilidad, que se extiende a los lenguajes y permite atravesar las fronteras convencionales de los medios artísticos, implica una distancia que no es necesariamente física. Puede ser real o metafórica. Quiero decir: puede materializarse en las cuerdas que Tomás Saraceno transporta en una valija para crear sus esculturas elásticas en cualquier parte, pero también en las monumentales novelas de Roberto Bolaño, máquinas narrativas que multiplican al infinito los relatos, llevan al lector de un lado al otro del Atlántico, de un género a otro, de una variedad del español a otra. Pero el tránsito puede ser más acotado, como en los recorridos urbanos de Diego Bianchi, que en las calles del Conurbano “caza” formas de la acumulación caótica, la chapuza de los remiendos caseros o del display callejero de los vendedores ambulantes y las lleva al arte. Esas formas de la errancia revelan por contraste la experiencia de los condenados a vivir anclados, o reducidos a las redes narcóticas de la cultura chatarra.

 

Por ejemplo, experiencias traumáticas como la de poder cruzar o no la frontera entre México y EE. UU. ¿pueden convertirse en arte?


Ese tránsito es crucial, porque es ahí donde el arte se aparta de los recorridos estereotipados del turismo moderno y señala el drama de los recorridos imposibles y las fronteras infranqueables. Cuando invitaron a Francis Alÿs, un artista belga que vive desde hace tiempo en México, a crear una obra para una muestra internacional que se organiza en Tijuana y San Diego para afianzar las relaciones entre México y los Estados Unidos, decidió burlar la buena consciencia multicultural que invitaba a los artistas a cruzar esa frontera, infranqueable para muchos de los mexicanos que intentan atravesarla diariamente. Durante 29 días recorrió dieciséis ciudades en tres continentes bordeando el Pacífico en una especie de viaje hiperbólico, hasta llegar a San Diego sin atravesar la frontera. “The Loop” se llamó la obra, que no sólo imitaba irónicamente los circuitos de los artistas y escritores globetrotters que viajan de aquí para allá a ferias, bienales o festivales de literatura, sino también los rituales del viajar sin ver del turismo mercantilizado. El viaje mismo era la obra, o en todo caso el relato del viaje, que se podía reconstruir en los mensajes de correo electrónico que Alÿs mandaba al curador, y en los dibujos, fotos y postales que fue reuniendo en el recorrido y mostró después en Tijuana. La dirección del recorrido es también central en “Meteorit El Taco” de los argentinos Faivovich & Goldberg, que reunieron en Alemania dos mitades de un meteorito chaqueño que habían estado separadas durante 45 años, desandando el recorrido clásico de los saqueos patrimoniales.

 

¿Y un viaje puede ser una obra de arte?


En el arte contemporáneo la libertad del artista se volvió ilimitada y el arte puede ser hoy lo que el artista decida. Pero esa libertad no licencia a los espectadores, los lectores y los críticos del juicio estético. En un arte en el que prima la idea por sobre la destreza técnica o la materialidad, por ejemplo, se puede evaluar la capacidad de la obra de abrir lecturas múltiples y significativas, y se pueden detectar las reglas que se impone el artista y observar cómo las cumple y qué obtiene a cambio.

 

¿El arte puede darnos un atlas de América latina más denso que el provisto por la geografía? ¿Qué rasgos tienen esos mapas?


El mapa siempre fue un material precioso para los artistas. Una imagen paradójica, que es muy precisa en la representación del mundo (con esa idea juega Borges cuando imagina el mapa de China) y a la vez muy abstracta, en la que se pueden trastornar los órdenes políticos establecidos, atravesar fronteras difíciles, descomponer y recomponer el mundo, con mínimos efectos gráficos, juegos visuales o conceptuales. La obra de Guillermo Kuitca por sí sola bastaría para componer un atlas personal, con mapas que exploran todas esas posibilidades y nos llevan a mirar el mundo con ojos nuevos. El mapa es un surtidor de metáforas. Puede inscribirse en los lugares más dispares y abrir sentidos insospechados. La brasilera Adriana Varejão, por ejemplo, dibujó la línea del Ecuador sobre su mano extendida en una pared muy verde; el grupo cubano Los carpinteros creó una ciudad en relieve sobre una sandalias de playa; y el chileno Alfredo Jaar puso en cuestión el “América” con que los estadounidenses nombran a su país, con un mapa de los Estados Unidos que se transformaba en el de América en un cartel luminoso de Times Square. En 60 segundos, la paradoja de Magritte, “Esto no es una pipa”, se politizaba recurriendo a las tácticas y los soportes de la publicidad y la comunicación de masas: “Esto no es América”, se leía en el cartel, sobre el mapa de los Estados Unidos. El brasilero Vik Muniz fue todavía más literal y con la ayuda de chicos de favelas brasileras compuso un planisferio gigante con toda clase de desechos electrónicos, restos de aparatos obsoletos que amenazan con tapizar el globo.

 

¿Qué han venido a ser las mega ciudades latinoamericanas para el arte? ¿Mercado, chatarra, caminos de inspiración?


Dice el escritor mexicano Juan Villoro que lo que une a los artistas latinoamericanos de hoy con sus ciudades son amores postapocalípticos. Las grandes ciudades caóticas, es cierto, inspiran en muchos casos un arte informe que acumula y mezcla restos, trabaja con la chatarra que dejó la modernización nunca alcanzada o registra los efectos devastadores de la violencia urbana. El mexicano Gabriel Orozco ha mostrado en Berlín dos instalaciones extraordinarias, hechas con miles de residuos naturales y postindustriales que deja la marea en una isla del Pacífico mexicano, y con pequeños desechos coleccionados pacientemente en un campo de deportes neoyorquino. Basta ver el arreglo amoroso de esos restos agrupados según los colores y la formas, para entender cómo es posible reencantar el mundo con una mirada sensible, volver a pensar en las relaciones entre la naturaleza y la cultura, en la larga vida de los objetos, en qué estamos haciendo con el planeta. Hay escritores como Sergio Chejfec o João Gilberto Noll que pasean desencantados por ciudades que ya no ofrecen las iluminaciones de la gran tradición del paseante urbano. Pero hay también artistas que han dado realidad material a fantasías futuristas, como Tomás Saraceno, que ha creado modelos realizables de ciudades aéreas, en las que podrían funcionar plataformas de interacción comunitaria global, se podrían cultivar plantas sin raíces, o ampliar la comunicación inalámbrica en zonas remotas.

 

¿Qué lugar tiene o debería tener América latina en el mapa artístico? ¿Aún el de una colonia que copia y parodia las prácticas artísticas de los centros del Norte?


Claro que no. Ya lo dijo Borges hace muchas décadas: podemos apropiarnos de todas las tradiciones, sin supersticiones, con una irreverencia que nada tiene que ver con la copia y la parodia. O en todo caso hay usos creativos de la intervención y la copia. Artistas epigonales hay en todas partes, no sólo en América latina, pero muchos artistas del continente escriben y crean en sincronía con los centros desde hace mucho tiempo. La idea de un arte errante, por otra parte, desestima la idea de centros y periferia. No la disuelve, es cierto, pero fractura diques, violenta compuertas. Inundar el mundo, como lo hace ese mapa del artista Jorge Macchi, “Seascape”, que puede ser un buen lema para la era global: abrirse a todo tipo de corrientes que alteran la dirección de los intercambios y el efecto de los cruces entre las culturas locales.

 

© Claudio Martyniuk, Clarín