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“El homicidio político es constitutivo de la época”

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Una de las cuentas que la investigación y la memoria sobre los primeros años de la década del 70 en la Argentina todavía tiene pendiente, atañe al mundo obrero y a la experiencia de clase, sobre todo cuando se tiene en cuenta que fue el principal destinatario de la represión en términos cuantitativos. No sólo la que se desató a partir del 24 de marzo de 1976, sino la que ya venía implementándose años atrás de la mano de la Triple A.

El historiador Federico Lorenz tomó a su cargo esa tarea, enfocándola en un caso puntual y paradigmático: el de los Astilleros Astarsa, en el Canal San Fernando del conurbano bonaerense, cuya toma producida entre mayo y junio de 1973, a raíz de la muerte del trabajador naval José María Alesia, dio inicio a una serie de acontecimientos trascendentales para la lucha política obrera. También ilustra el derrotero seguido por una agrupación sindical adscripta a una organización guerrillera. “Algo parecido a la felicidad” fue el sentimiento que los obreros experimentaron esos días en los que las conquistas sociales parecían definitivas, antes de que la represión los aniquilara por completo.

¿Cuál fue la perspectiva que guió su investigación?

Mi intención fue tomar como objeto la experiencia de la militancia sindical, no planteándola como antagónica a la militancia armada, sino explorando los puntos de contacto entre ambas. Eso serviría para reponer también la complejidad de la dinámica política de la época y revisar algunos sentidos comunes acerca del rechazo genérico a la violencia. No tomar en cuenta este último aspecto supone una gran veda analítica para pensar una etapa en la que la violencia era instrumental a las prácticas políticas y sindicales. Esto se enfoca en un universo pequeño, es un ejercicio de microhistoria porque cuando se pasa a otra escala las formulaciones se vuelven muy abstractas.

¿Por qué tomó este caso en particular?

La cuestión de los astilleros navales tenía varias puntas de entrada. Se trataba de un frente de masas de Montoneros, enrolado en la Juventud Trabajadora Peronista (JTP), sobre la cual tampoco hay trabajos integrales. Con distintos grados de profundidad, los obreros adscribían a las prácticas de esa organización político militar, pero entraban en conflicto con las prácticas y experiencias sindicales y de clase. Hay que tener en cuenta que al actor sindical, en los relatos sobre los 70, se lo identifica con la burocracia sindical y como tal está muy estigmatizado. Entrevistando militantes encontré una paleta de grises entre la adscripción a una organización revolucionaria y el burócrata sindical. Cuando la represión atacó a los obreros, no discriminó entre militante revolucionario y burócrata sindical. Y no empezó en marzo de 1976. Un mes después, los “objetivos sindicales de superficie” habían sido barridos; esto, traducido a vidas, es terrible y traducido a eficacia de la represión, también. Al momento del golpe, la agrupación Alesia ya tenía ocho muertos por las bandas parapoliciales. Este fenómeno que alude a las prácticas ilegales dentro de un estado democrático, 30 años después, debe ser considerado en toda su magnitud.

¿Cómo debe entenderse en el contexto de la época la violencia instrumental?

Como parte constitutiva de la práctica política de distintas agrupaciones y organizaciones, desde aquellas que tienen una estructura político militar hasta aquellas que rechazan la violencia como herramienta política pero que a la vez se organizan en grupos de autodefensa. Históricamente, la violencia siempre fue un componente de las luchas sindicales. En el repertorio de elementos para la lucha, se encuentra desde la huelga, el sabotaje, el trabajo a tristeza hasta el hecho armado. Lo que hizo esta agrupación fue elegir entre esas herramientas. Obviamente, al sentarse a discutir con la patronal, no era lo mismo para los obreros tener el respaldo de una organización político militar, o desde la perspectiva de la patronal, contar con la Triple A o el Estado para avalarla; el poder de presión era distinto. También era común iniciar una discusión salarial y que cada uno pusiera “el fierro” sobre la mesa en alusión a lo que había detrás de lo que se negociaba. A medida que la lucha armada predomina, a un militante de base como lo es el militante sindical, le genera una serie de contradicciones, que a un militante más orgánico no. Un militante sindical, por definición, es alguien público: todos saben dónde y con quién vive, tiene que cumplir horarios, no puede vivir escondido… Esa visibilidad fue la que posibilitó la masacre sistemática en un lapso muy breve. Hasta tal punto la violencia estaba naturalizada, que si no reponemos ese contexto es imposible entender por qué los militantes hacían lo que hacían. El homicidio político es un idioma constitutivo de la época. Quien lo comete sabe que le cabe esperar una represalia de igual signo.

En su reconstrucción hay un momento dramático: cuando el “Chango” Sosa, un líder de los astilleros, se entera de que, por diferencias en las posiciones, su compañero el “Tano” Mastinu, junto con otros compañeros, decide condenarlo a muerte.

Si bien en 1973, la agrupación José María Alesia se conforma como JTP, era un conglomerado donde había gente del socialismo, del peronismo antiguo, de las fuerzas armadas peronistas. A medida que el proceso se vuelve exitoso (1973-74), esos conflictos internos pasan a un segundo plano. Pero cuando la dinámica política comienza a serles adversa y dentro de Montoneros se adoptan prácticas políticas en desmedro de otras, eso genera una facciosidad a escala en el grupo. El Chango es un militante fogueado que se proletariza y contribuye a formar la agrupación. El otro referente es el Tano Mastinu, que es todo lo contrario: un obrero respetado por sus pares, que se va radicalizando hasta convertirse en el referente de los obreros navales. El encarna la línea montonera más dura. Lo dramático es que no se trata sólo de cuál línea política seguir, lo que está en juego son los afectos, los amigos, el barrio, porque ellos compartían todo. De hecho, es la persona encargada de ajusticiarlo la que le avisa al Chango para que pueda escapar y salvarse. Las condiciones en las que se luchaba cambiaban todo el tiempo y ponían muchas más cosas en juego que consignas abstractas.

El abordaje no se ciñe solo a los hechos, sino también al territorio.

Los militantes sindicales concebían la política territorialmente, ahí también hay una cuestión de reposición del objeto. Cuando estudiamos la época, separamos la organización de su frente de masas, pero todo estaba muchísimo más mezclado: había gente que se pasaba todo el tiempo de un frente a otro hasta que no se sabía de qué lado se estaba. Muchas reuniones operativas se hacían en las propias casas. Una primera lectura habla de la ingenuidad de los militantes, lo que explica el descuido y la falta de seguridad para con sus familias y con ellos mismos, pero también habla de la forma como construyeron su militancia: siendo obreros que vivían en el mismo barrio, jugaban al fútbol, se veían los fines de semana. La no compartimentación entre una actividad y otra les permitió crecer, pero a la hora de la represión resultó letal y masiva.